La trataban de encerrar. Sus gritos y los ecos de sus gritos inundaban el silencio de los corredores. Era la madrugada, y todas las internas estaban durmiendo. Salvo Fátima, que no dormía, los guardias y ella. No podía dejar de gritar, entendía cuando le pedían que se calle, y sabía que esos arranques de histérica furia le estaban jugando en contra. Albergaba sentimientos demasiado fuertes como para poder dominarlos, se sentía -sobre todo- incomprendida. ¿Loca? Já. Locos estaban los demás, quiénes eran ellos para determinar cuán cuerdas eran las personas. "Calmate, Catalina", le decían, ella oía sin escuchar. Escuchaba sin prestar atención: prestaba atención sin obedecer. A lo único que obedecía era a los motivos que tenía para brotarse. En ese momento, nadie entendía a Catalina, aunque ella tampoco se podía explicar, puesto que lo que la endemoniaba era justamente eso: estaba recibiendo una descarga, un enérgico odio, una fuerza voraz que ocupaba todas sus energías. Las otras damas, ahora despiertas por el alboroto, observaban la situación. "¡Dejenla!" se escuchó. Ahora un dolor agudo pero pequeño punzaba su antebrazo derecho.
En la pared gris se apoyaban los pocos rayos de sol que entraban. Lentamente, se levantó. Tenía una leve cicatriz en el hombro y otra en el antebrazo. Todavía débil por la droga, se quedó unos instantes fijada en la pequeña ventanita pegada al techo. Entonces comprendió todo. Salió de la cama con un salto, cayó al piso y se arrastró, desesperada, hasta toparse con la reja.
Trató de abrirla, pero era imposible: había un candado grande y oxidado. Intentó sacudir los barrotes, pero eran demasiado duros.
Inútiles fueron los llantos y la fuerza ejercida en el intento por salir,
estaba encerrada
para
siempre.
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